La huelga indefinida del transporte interurbano arrancó este miércoles en Koruña con más incertidumbre que estruendo. En la estación de autobuses hubo goteo constante de pasajeros desde primera hora, pero los andenes ofrecían una imagen extraña: servicios mínimos saliendo a cuentagotas y muchas pantallas marcadas por la palabra “cancelado”.
El paro, finalmente, lo mantiene en solitario la CIG, después de que CC.OO. y UGT se desmarcasen de la convocatoria al anunciar su intención de firmar un acuerdo con la patronal. Un movimiento que ha tensado aún más el ambiente sindical. Desde la CIG hablan abiertamente de «traición» y recuerdan que el preacuerdo fue rechazado por la plantilla en votación, con un 70 % de votos en contra.
| Servicios mínimos en los buses. Foto de La Voz de Galicia. |
Ernesto López, responsable de CIG Transportes, defendía a primera hora la continuidad del paro y la legitimidad de la decisión de las bases. La central mantiene sus reivindicaciones: mejoras salariales más ambiciosas, reducción de jornada y regulación de la situación de las acompañantes del transporte escolar, que consideran especialmente precarizada.
Mientras tanto, en la práctica, solo circularon los servicios mínimos obligatorios.
Pasajeros desinformados y planes improvisados
Más allá del pulso sindical, la escena real estaba en los rostros de quienes llegaban con su mochila, su café y su rutina… y se encontraban con un vacío.
Muchos usuarios no tenían claro si la huelga empezaba ese mismo miércoles o no. La confusión fue una constante. Andrea, vecina de Cambre, llegó hasta Matogrande en coche y desde allí cogió el bus urbano para acercarse a la estación con la idea de viajar a Arteixo. “No hay buses. Y nadie sabe nada”, resumía. Su plan acabó dependiendo de la buena voluntad de algún amigo con coche.
Peor lo tuvo Carlos Adrián, que llegó a las siete de la mañana para ir a trabajar a Arteixo. Esperó casi tres horas antes de asumir que el día estaba perdido. “No puedo pagar un taxi hasta allí”, lamentaba. Para muchos trabajadores, la huelga no es solo una incomodidad: es un salario en el aire.
Lola Mosquera, con un carrito cargado de comida para sus animales, buscaba un bus a Carballo tras cancelarse el de las 8.30. “¿Cómo pueden dejar a todo un pueblo sin comunicaciones?”, protestaba. No era una frase hecha: detrás hay personas que dependen de estas líneas para lo cotidiano, no para lo excepcional.
Otros, como María Nieto, optaron por asumir el coste. Llegó con antelación sabiendo que podía pasar y terminó pidiendo un Bolt para llegar a Arteixo. Entre 13 y 14 euros por trayecto. “Las huelgas fastidian, pero si no lo hacen tampoco funcionan”, reflexionaba, con resignación práctica.
Movilidad tocada en toda la provincia
La situación no se limita a la ciudad. La huelga afecta al transporte interurbano de toda la provincia, con especial impacto en desplazamientos laborales y escolares. Algunas compañías mantienen parte del servicio, otras están prácticamente paralizadas, pero el resultado es el mismo: movilidad reducida y alternativas limitadas.
La estación coruñesa vivió una jornada de actividad mínima, con más preguntas que respuestas. Viajeros consultando a otros viajeros. Personal desbordado. Andenes medio vacíos y sensación de provisionalidad.
El pulso continúa
Con la CIG manteniendo el paro y el resto de sindicatos apostando por la firma del acuerdo, el conflicto no parece cerca de resolverse. La negociación sigue abierta, pero la fractura sindical añade un elemento más de complejidad.
Entre tanto, la ciudad se adapta como puede. Coche compartido, taxis, VTC, favores familiares, jornadas perdidas o teletrabajo forzado. La huelga no solo es un titular: es un madrugón inútil, un salario que no llega o un viaje que se aplaza.
Y mientras el conflicto se dirime en mesas de negociación y comunicados cruzados, en los andenes de A Coruña la escena es más simple: gente mirando el reloj, esperando un bus que quizá no salga.
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