A veces lo más peligroso no es lo que se ve, sino lo que llevamos dentro. Y no hablamos de emociones, sino de bacterias. De esas que habitan en nuestro cuerpo y que, con el tiempo, se han ido haciendo listas, muy listas. Tanto, que ya están aprendiendo a resistir los antibióticos. ¿El resultado? Podríamos quedarnos sin defensa ante muchas enfermedades. Un futuro así sería, sin exagerar, un futuro de muerte.