Han pasado casi 48 horas desde el histórico cañonazo en el Coliseum, pero la ciudad herculina se niega a que termine la música. La explanada de Riazor, a escasos metros del Palacio de los Deportes donde el club forjó su identidad, se convirtió ayer en el epicentro de una fiesta naranja. Alrededor de un millar de aficionados —con una abrumadora y entusiasta presencia de niños y niñas— se citaron para festejar junto a la plantilla el regreso por todo lo alto a la máxima categoría del baloncesto nacional tras tumbar al Estudiantes.
Camisetas de todas las épocas, bufandas al viento y un sol radiante en Riazor sirvieron de marco para una comunión perfecta entre equipo y afición. El mensaje colectivo quedó claro: este club no solo ha ganado una plaza en la élite; ha conquistado el corazón de la ciudad.