Koruña amaneció este miércoles teñida de blanco. No era niebla. Eran taxis. Hasta 350 vehículos, según la Policía Local, colapsaron el centro en una movilización que ya puede calificarse de histórica. No tanto por el número —que también— sino por lo que simboliza: la unidad total de un sector que hasta ahora caminaba dividido.
Por primera vez, Teletaxi y Radiotaxi, las dos grandes asociaciones de la ciudad, marcharon juntas. Y cuando un sector tan amplio, que da sustento a más de 800 familias, habla con una sola voz, lo que hay detrás no es una queja puntual. Es hartazgo.
| Concentración de taxisstas en el Millenium. Foto de La Voz e Galicia |
La caravana arrancó puntual a las 11:00 desde el Obelisco Millennium y recorrió algunas de las principales arterias de la ciudad hasta O Parrote. Durante dos horas, Koruña se adaptó a su propio atasco. Después, los taxistas continuaron a pie hasta María Pita, donde la protesta se prolongó hasta las 14:00.
Todo ordenado. Todo visible. Todo, también, muy significativo. Porque el problema no es el tráfico que se generó. Es el que denuncian. El conflicto tiene nombre: los VTC. Según el sector del taxi, muchos de estos vehículos están operando en la ciudad de forma irregular, realizando servicios urbanos sin la licencia municipal obligatoria. Es decir, jugando con reglas distintas.
Y ahí aparece la palabra clave: impunidad.
Los taxistas lo dicen sin rodeos: la normativa existe, pero no se hace cumplir. Denuncian que no se están imponiendo sanciones en el ámbito urbano y que eso ha generado una competencia que consideran desleal e insostenible.
La paradoja es evidente. En una ciudad donde se legisla, pero no se ejecuta, la norma pierde valor. Y cuando eso ocurre, el conflicto deja de ser sectorial para convertirse en estructural.
Mientras tanto, el Concello defiende otra visión. La alcaldesa reconoce que existe demanda para este tipo de servicios y apuesta por regular la convivencia entre taxis y VTC. Una postura que, en teoría, busca equilibrio, pero que en la práctica choca con la urgencia que transmite el sector.
Porque para los taxistas no se trata de debatir el futuro. Se trata de sobrevivir en el presente.
Y en medio de ese pulso, la ciudad vuelve a quedar atrapada.
Una vez más, Koruña se convierte en escenario de sus propios problemas: calles cortadas, movilidad alterada, ciudadanos obligados a reorganizar su día. Pero esta vez hay un matiz diferente. No es una obra, no es un incidente puntual. Es un conflicto abierto que afecta directamente a un servicio esencial.
Aun así, el sector intentó no romper del todo la ciudad: 44 taxis operaron en servicios mínimos para garantizar desplazamientos a hospitales y atención a personas con movilidad reducida. Un gesto que revela algo importante: la protesta es firme, pero también consciente de su responsabilidad.
Incluso en la reivindicación, hay límites. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿cuánto tiempo puede sostenerse esta situación?
Porque el taxi no solo pide sanciones. También habla de modernización, de tarifas cerradas, de adaptarse a los nuevos tiempos. No es un rechazo frontal al cambio. Es una exigencia de reglas claras.
Y ahí es donde todo se complica. Porque Koruña no solo tiene un problema de movilidad o de competencia entre modelos. Tiene, cada vez más, un problema de gestión. De coordinación. De capacidad para anticiparse a conflictos que, como este, llevan tiempo gestándose.
Lo de este miércoles no ha sido solo una protesta. Ha sido un aviso. Y viendo el tono, la unidad del sector y el respaldo masivo, no parece que vaya a ser el último.
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