Se cumplen 50 años del día que Koruña se tragó un buen trago de chapapote. El 12 de mayo de 1976, el petrolero Urquiola rozó unas agujas que no salían en las cartas náuticas, reventó en tres explosiones de película y ardió como una antorcha en plena bahía. Llevaba 107.000 toneladas de fuel con destino a Petrolíber. El resultado: capitán muerto, bahía en llamas y los pies de los coruñeses negros durante años cada vez que bajaban a la playa.
Se cumplen 50 años del día que Koruña se tragó petróleo del cielo.El 12 de mayo de 1976, el petrolero Urquiola, procedente del Golfo Pérsico y cargado con 107.000 toneladas de combustible con destino a la refinería de Petrolíber, rozó unas agujas del fondo marino que no aparecían en las cartas náuticas. Fue en el banco de As Yacentes, en la boca de la ría. El casco se abrió, empezó a perder fuel y, horas después, el infierno.
Sobre la una y media de la tarde se produjo la primera explosión. Poco después, dos más. Tres columnas de humo negro cubrieron el cielo de la ciudad. El barco quedó envuelto en llamas en plena bahía. El petróleo cayó como lluvia sucia sobre coches, calles y tejados. La marea negra llegó hasta la zona del Seixo. Aquel día, y muchos más, los koruñeses aprendimos a caminar con los pies llenos de chapapote.
El capitán era nuestro, Francisco Rodríguez Castelo, koruñés de pura cepa. Se quedó allí. El práctico, Benigno Sánchez Lebón, hizo lo que pudo y acabó nadando hasta Canabal, en Oleiros, salvándose de milagro. Y mientras tanto, el chapapote llovía sobre la ciudad como si Dios estuviera cabreado con nosotros.
Hoy, medio siglo después, ¿qué nos queda de aquello?
Poco. Muy poco. Tanto que da hasta rabia.
En la calle de la Torre, número 93, sigue en pie una de las chimeneas del Urquiola. Sí, la chimenea del puto petrolero que casi nos jode la ría entera. La compró como chatarra el dueño del antiguo restaurante La Cabaña del Cazador y la empotró en el edificio. Llega desde el bajo hasta el quinto piso y, según contaban el año pasado, todavía funciona. Ahí la tenéis: un trozo de historia negra convertido en elemento decorativo de bloque.
Hoy, medio siglo después, casi no queda nada que lo recuerde.En el número 93 de la calle de la Torre, en Monte Alto, sigue clavada una de las chimeneas del Urquiola. La compró como chatarra el antiguo dueño de La Cabaña del Cazador y la empotró en el edificio, donde llega desde el bajo hasta el quinto piso. Curiosa forma de tener un trozo de tragedia incrustado en la arquitectura.
En el parque escultórico de la Torre hay una placa colocada en 2011, junto al Hércules. Homenajea al capitán Rodríguez Castelo, al práctico Sánchez Lebón, a Ignacio Arnaiz (jefe de seguridad de Petrolíber) y “a todas las personas que con su valor y profesionalidad evitaron una catástrofe mayor”. El texto ya está casi ilegible.
El director del área de Seguridad Ciudadana del Ayuntamiento, Carlos García Touriñán, ha dicho más de una vez que Koruña es, “por desgracia”, experta en catástrofes: el Urquiola en 1976, el Mar Egeo en 1992 y el derrumbe del vertedero de Bens en 1996. Tres golpes duros en apenas veinte años.
Y sin embargo, de todo aquello apenas quedan vestigios. Un trozo de chimenea y una placa que se borra. Los que peinamos canas lo recordamos con claridad: el olor, el humo, las playas pringosas y esa sensación de que la ciudad había recibido una hostia de las que duelen de verdad. Los más jóvenes casi ni saben la historia.
Ay, Koruña Rabuña… que de tragedias sí que sabemos, pero de recordarlas con dignidad, ya no tanto.
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