Hay noticias que pasan casi desapercibidas porque no afectan a una obra, a un edificio o a una polémica política. Sin embargo, dicen mucho de cómo cambia una ciudad. Koruña está perdiendo, uno tras otro, algunos de sus árboles más emblemáticos, y el siguiente capítulo parece escrito: los últimos olmos centenarios del jardín de San Carlos afrontan su último verano.
Si se confirma lo que apuntan los expertos, desaparecerá la olmeda más antigua de Europa, un patrimonio natural que ha sobrevivido más de un siglo contemplando la bahía koruñesa, el castillo de San Antón y la tumba del general británico Sir John Moore.
La grafiosis gana la batalla
La responsable de esta desaparición es la grafiosis, una enfermedad provocada por un hongo que transmite un escarabajo y que bloquea la circulación de la savia hasta provocar la muerte del árbol.
No es un problema nuevo. Hace más de tres años el Ayuntamiento cerró el jardín de San Carlos para intentar salvar los olmos mediante tratamientos específicos e incluso recurriendo al asesoramiento de algunos de los mayores especialistas españoles. Entonces todavía sobrevivían 22 ejemplares centenarios. Hoy apenas quedan seis y todo indica que tampoco podrán salvarse.
| Momento de tala de uno de los olmos centenarios del Jardín de San Carlos: Foto de La Opinión Coruña |
Un síntoma que parece esperanza... pero anuncia el final
Quien pasee estos días por San Carlos todavía verá brotes verdes naciendo junto a la base de los troncos. Podría parecer una señal de recuperación. En realidad ocurre justo lo contrario.
Los ingenieros forestales explican que el árbol ya no consigue hacer llegar la savia hasta la copa y, como último intento de supervivencia, produce nuevos brotes cerca del suelo, donde todavía puede alimentarlos. Es el último esfuerzo de un árbol que se está muriendo. Una imagen tan triste como reveladora.
No ha sido por falta de intentos
Sería injusto afirmar que el Ayuntamiento no hizo nada. Los tratamientos con fungicidas continuaron durante años. Se probaron técnicas experimentales y finalmente, cuando quedó claro que los árboles no podían recuperarse, se tomó la difícil decisión de talar trece ejemplares en 2024.
En su lugar se plantaron nuevos olmos resistentes a la grafiosis procedentes de un vivero especializado de los Países Bajos. La idea era garantizar el futuro del jardín.
Pero una cosa es conservar un espacio verde y otra muy distinta sustituir árboles con más de cien años de historia.
Una ciudad que sigue perdiendo árboles históricos
Lo ocurrido en San Carlos no es un caso aislado. En los últimos años Koruña ha visto desaparecer numerosos ejemplares históricos.
En los jardines de Méndez Núñez fue talado recientemente un gran castaño centenario. También han desaparecido árboles emblemáticos en la plaza de Ourense y en Santa Margarita.
Y hace apenas unos días surgía la preocupación por el estado del histórico metrosidero de los Cantones, cuya situación ha generado un intenso debate político.
Cada caso tiene sus particularidades. En algunos hablamos de enfermedades inevitables. En otros, de ejemplares que han llegado al final de su ciclo vital. Pero el resultado siempre es el mismo: la ciudad pierde parte de su patrimonio natural.
Los árboles también forman parte de la memoria de Koruña
Cuando desaparece un edificio histórico suele abrirse un intenso debate ciudadano. Con los árboles no ocurre lo mismo. Y, sin embargo, muchos llevan más tiempo formando parte del paisaje que numerosos inmuebles.
Los olmos de San Carlos daban sombra mucho antes de que existieran muchas de las calles que hoy conocemos. Han visto pasar generaciones de koruñeses, turistas, escolares y visitantes que acudían a uno de los jardines más singulares de la ciudad. No eran simples árboles. Eran parte del propio jardín.
¿Y ahora qué?
La sustitución por nuevos ejemplares resistentes parece la única alternativa viable. Si la grafiosis ha condenado definitivamente a los olmos centenarios, mantenerlos supondría un riesgo para los visitantes y para el resto del arbolado.
Pero eso no evita una reflexión. Quizá Koruña debería empezar a tratar sus árboles monumentales con la misma sensibilidad con la que protege su patrimonio arquitectónico porque un árbol centenario no puede reemplazarse de un día para otro.,
Se puede plantar otro, se puede cuidar., incluso se puede garantizar que dentro de cien años vuelva a ofrecer sombra. Pero lo que desaparece ahora se lleva parte del alma de un espacio como el Jardín de San Carlos.
Con la desaparición de los últimos olmos de San Carlos no solo cae una arboleda. También se pierde un fragmento de la memoria viva de Koruña, esa que no aparece en los libros de historia, pero que ha acompañado silenciosamente a la ciudad durante más de un siglo.
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