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viernes, 3 de abril de 2026

«Bícame Pucho»: el homenaje que Pucho Boedo no se merecía (y el Palacio de la Ópera tampoco)

El pasado 8 de febrero de 2026, el Palacio de la Ópera se llenó para celebrar los 40 años de la muerte de Pucho Boedo, el crooner coruñés, el juglar de O Ventorrillo, el que llevaba la verbena en galego y la salsa caribeña por medio mundo. Organizado por El Ideal Gallego y TVG bajo el título Bícame Pucho, el evento prometía ser el gran homenaje que la ciudad le debía a uno de sus iconos.


Pues bien… No pude verlo hasta que se emitió el pasado miércoles por la noche en la TVG. Mi opinió es que fue el típico bodrio institucional.
Primero, cero presencia del verdadero Pucho sobre el escenario y encima sin uno de sus principales valedores, Xurxo Souto, que lo vio desde la butaca
Con los medios actuales para revivir leyendas de la música, no vimos ni una sola grabación de su voz en directo, ni un mísero vídeo proyectado de sus actuaciones. Nada. El hombre que llenaba verbenas y teatros, el que tenía estatuas y murales, brilló por su ausencia en su propia fiesta. Como si fuera un estorbo. Como si su voz original molestara al “sonido renovado”.
Porque eso es lo que nos vendieron: versiones vanguardistas. Y vaya si lo fueron. Los Satélites (que sí estaban allí, once músicos en escena) tocaron de fondo (o eso parecía, porque no me extrañaría que todo fuera sampleado) , pero las canciones de Pucho aparecieron tan retocadas que en muchos momentos era imposible reconocer el original. Techno-pop, pasadas en algunos casos por gaita, fusiones rarísimas y, para rematar la faena, cantantes con voz en off y autotune. Autotune  en un homenaje a un crooner que cantaba con el alma y sin trucos. Demencial.
Se echó de menos, y de qué manera, una orquesta de verdad interpretando fielmente la música de Pucho con sus instrumentos originales que se emplearon en la partitura escrita por Prudencio Romo para enmarcar la voz de Pucho como él sabía . Y sobre todo se echó de menos un cantante a la altura (sin Sito Sedes, el más indicado si no se lo llevara la parca). Alguien que pudiera plantar cara a esa voz única, a ese estilo que mezclaba poesía popular con carisma de arrabal, capaz de hacer despertar la morriña y dolor dos que viven lexos da terra
Romo fue capaz de coger la tradición gallega y envolverla en arreglos dignos de las grandes orquestas de música ligera europeas o de las grabaciones de la Motown y el pop italiano de la época.  Sabía perfectamente cómo usar las secciones de metales (trompetas y saxos) y las cuerdas para que la voz de Pucho brillara sin ser tapada. Sus arreglos no eran simples acompañamientos; eran estructuras complejas que daban esa sensación de "gran espectáculo".
Aunque Prudencio Romo fue el pilar principal, hubo otros nombres y elementos que definieron esa calidad que echaste de menos:
Enrique Paisal: El teclista y pianista de Los Tamara. Su formación clásica aportaba una elegancia técnica a las armonías que, junto a Romo, elevaba las canciones por encima de la media de las bandas de la época.
Arreglistas de estudio (Etapa solista): en sus grabaciones en solitario y en algunas colaboraciones con sellos como Zafiro, Pucho contó con directores de orquesta y arreglistas profesionales que trabajaban con las mejores orquestas de estudio de Madrid o Barcelona. Eran músicos que escribían partituras de verdad para intérpretes de verdad.


 En su lugar, versiones que parecían hechas para TikTok y no para honrar a un mito.




Por qué el homenaje falló (Musicalmente hablando)

Si comparamos el trabajo de Prudencio Romo con lo se vio en el homebaje "Bícame Pucho", los mayores errores musicales fueron:
Falta de "Músculo" Orgánico: Pucho cantaba sobre arreglos de Big Band o secciones de cámara. Intentar replicar eso con sintetizadores o una banda reducida mata la dinámica de la voz.
El pecado del Autotune: Pucho Boedo era un cantante de fraseo y matiz. Su voz tenía una imperfección emocional (vibratos naturales, ataques de glotis) que el autotune elimina por completo, convirtiéndolo en algo artificial y plano.
La ausencia de la partitura original: Los Tamara sonaban tan bien porque cada músico sabía exactamente qué nota tocar para crear ese muro de sonido. Si los músicos del homenaje "destrozaron" las versiones, es probable que no se respetaran los arreglos originales de Romo, que eran los que daban sentido a la melodía de Pucho. La música es inseparable del cantante, ambos forman un conjunto indisoluble, que no tienen sentido por separado, solo letras sueltas flotando en el aire sin el verdadero sentido que tenían.
En definitiva, Pucho Boedo no era solo una voz; era el centro de una maquinaria orquestal de primer nivel. Sin esa base (o una que la respete), el resultado siempre parecerá un karaoke de lujo.
Gala esperpéntica

El Palacio, que ya de por sí arrastra goteras, plásticos en el techo y corrosión estructural desde hace años, fue el escenario perfecto para esta chapuza esperpéntica. Un edificio que se cae a trozos acogiendo un homenaje que también se cayó a trozos. Ironía koruñesa pura.
Mientras los medios organizadores se llenaban la boca hablando de “mito que se agiganta” y “Palacio a rebosar”, la realidad fue otra: un show que traicionó el legado de Pucho para quedar moderno y “vanguardista”. Como si modernizar significara borrar al artista original.
Pucho Boedo no necesitaba que le hicieran techno-pop autotuneado. Necesitaba respeto. Necesitaba que su voz sonara, aunque fuera en grabación. Necesitaba un homenaje a su altura, no un espectáculo de postureo con autotune incluido.

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