Hay decisiones que son simplemente decisiones administrativas y otras que, además, tienen un cierto valor simbólico. La desaparición definitiva del ascensor panorámico del monte de San Pedro pertenece, probablemente, a las dos categorías.
El Concello de Koruña ha decidido que la conocida popularmente como «arielita» no volverá a transportar pasajeros. Después de casi cuatro años parada, la infraestructura se reconvertirá en un mirador cubierto, aprovechando su característica estructura acristalada.
La explicación oficial es contundente: el ascensor ha llegado al final de su vida útil y no resulta viable recuperarlo con la normativa de seguridad actual. Entre otras exigencias, habría que construir una vía de evacuación que recorrería prácticamente toda la ladera.
La cuestión es que esta historia no empezó con Inés Rey. Ni siquiera con Paco Vázquez. Y precisamente ahí está una de las partes más interesantes de este asunto.
Una infraestructura que nació con problemas
La esfera acristalada fue inaugurada el 4 de abril de 2007, ya con Javier Losada como alcalde, aunque el proyecto y la transformación del monte de San Pedro forman parte de aquella gran transformación urbana impulsada durante el largo mandato de Paco Vázquez.
Dicen las malas lenguas qeu Javier Losada tuvo que salir del ascensor y escalar por las rocas hasta llegar al Parque de San Pedro el día de la accidentada puesta en funcionamiento antes de la oficial.
Costó alrededor de 3,8 millones de euros, según la información municipal recogida ahora, y desde el primer momento estuvo rodeada de polémica.
El ascensor llegó a tener problemas prácticamente desde su estreno. Solo un día después de la inauguración tuvo que detenerse porque unas llaves cayeron en una rendija. Semanas después, Industria obligó a cortar el suministro eléctrico al considerar que existían cuestiones relacionadas con la normativa de seguridad que debían ser solucionadas.
Y aquello fue solo el principio.
Con el paso de los años se sucedieron las averías, los períodos de cierre y los problemas económicos. El elevador llegó a acumular más de tres millones de euros de pérdidas operativas entre 2007 y 2014, según la cronología recogida en la información publicada sobre su historia.
Pese a todo, funcionó durante años y llegó a convertirse en uno de los elementos más reconocibles del monte de San Pedro.
En sus mejores momentos alcanzó alrededor de 100.000 usuarios anuales.
El gran problema: nunca terminó de funcionar como debía
Aquí es donde conviene hacer una distinción. Decir que el Concello de Koruña está acabando ahora con un ascensor perfectamente operativo sería faltar a la verdad.
| Ascensor panorámico con zonas oxidadadas por la falta de mantenimiento después de 4 años fuera de uso |
La «arielita» fue un proyecto problemático desde su nacimiento, acumuló averías, generó pérdidas y estuvo sometida a una gestión complicada. Finalmente, una avería en uno de los cuatro ejes de los carros de contrapeso provocó su cierre en 2022.
Desde entonces no volvió a realizar un viaje. El Concello llegó a contemplar su recuperación. De hecho, en los presupuestos municipales de 2024 apareció una partida de 750.000 euros para su reforma, pero esa actuación nunca llegó a ejecutarse.
Ahora la decisión es otra: no repararlo y darle una nueva vida como mirador, una solución cutre pailana como el que reutliza una orinal de macetero.
Y aquí aparece la pregunta inevitable: ¿era realmente imposible encontrar una solución o simplemente se ha decidido que ya no merece la pena?
Las explicaciones técnicas apuntan a lo primero. Pero el debate político y ciudadano puede legítimamente plantear lo segundo.
El problema no nació con Inés Rey, pero termina con Inés Rey
Y este es probablemente el aspecto que más juego puede dar en un análisis sobre el modelo de ciudad.
La actual alcaldesa, Inés Rey, no es responsable de que la «arielita» naciera con problemas. Tampoco de las pérdidas acumuladas durante los primeros años ni de las decisiones que llevaron a construirla.
Pero sí es el gobierno de Inés Rey el que ha decidido dar por terminado el proyecto como ascensor. Y lo hace después de que otros gobiernos municipales tampoco consiguieran solucionar definitivamente el problema.
Es decir, más que hablar de una obra de Inés Rey que se elimina, habría que hablar del epílogo de un proyecto que ningún gobierno municipal consiguió convertir en una infraestructura estable y sostenible.
La diferencia es que ahora parece haberse decidido que la historia termina.
Del ascensor al mirador: aprovechar lo que queda
Al menos hay una parte positiva. El Concello no pretende desmontar la estructura. La esfera de cristal permanecerá y se transformará en un mirador cubierto desde el que explicar y visualizar la historia de la ciudad (como si en la cúpula del Monte de San Pedro no se pudiera hacer tal cosa después de años de abandono).
La idea parte incluso de una propuesta realizada por el chef Luis Veira, responsable de Árbore da Veira, durante un showcooking celebrado en el propio monte.
Es una solución razonable si realmente no existe una alternativa técnicamente viable para recuperar el ascensor.
Pero también deja una sensación extraña: una infraestructura diseñada para transportar personas hasta uno de los mejores miradores de Koruña acabará convertida en un mirador al que habrá que llegar por otros medios, una genialidad. Una especie de monumento a sí misma.
Y mientras tanto, ¿qué ocurre con el monte de San Pedro?
Aquí está el problema de fondo. Porque la cuestión no debería limitarse a la «arielita».
El monte de San Pedro necesita una actuación mucho más ambiciosa de mantenimiento y recuperación.
El parque, convertido durante décadas en uno de los grandes espacios de ocio y paisaje de Koruña, presenta signos evidentes de deterioro en distintos elementos. Carteles, instalaciones y antiguas estructuras militares necesitan atención. En su momento de apertura, se propuoso un ambicioso proyecto de museos entorno a las infraestructuras militares que había en este antiguo punto defensivo, que nunca se llevó a cabo. Ahí se quedó todo.
Y existe una imagen especialmente difícil de entender: la cúpula.
Durante años permaneció abandonada y cerrada. El año pasado, con motivo de las actividades culturales relacionadas con su 50 aniversario, Inditex intervino para realizar una pequeña remodelación y trabajos de mantenimiento.
La actividad terminó y la cúpula volvió a quedar ahí, esperando. Con el tiempo, aquello que se había arreglado empieza nuevamente a mostrar signos de abandono.
El problema va mucho más allá del monte
La sensación de pérdida de patrimonio urbano no se limita a San Pedro.
El tranvía turístico, otro de los grandes proyectos vinculados a aquella transformación de la ciudad, desapareció definitivamente después de años sin funcionar. El sistema llevaba parado desde 2011 y finalmente fue retirado durante el actual ciclo municipal.
Y ahora le toca a la «arielita». Mientras tanto, en el paseo marítimo hay otros símbolos que tampoco atraviesan precisamente su mejor momento.
El Obelisco Millennium, uno de los elementos más reconocibles de la fachada marítima moderna de Koruña, pasó años apagado hasta que el actual gobierno realizó una actuación para recuperar su funcionamiento eléctrico.
Pero basta acercarse para comprobar que una cosa es conseguir que vuelva a iluminarse y otra muy diferente mantener adecuadamente toda la instalación que se pudre con su base llena de basura y siendo un asentamiento de vagabundos. Lo que se iba a converir en una espectacular cafetería con vistas al mar, no resistió uno de los primeros temporales y todo el espacio bajo el Millenium quedó destrozado. Desde entonces cada gran temporal ha vuelto a destrozar cualquier intento de contenerlo sin que nadie haya podido idear nada que fuera capaz de parar la fuerza del mar, una obra de ingeniería que no ha tenido a nadie capaz de ser tan audaz como para crearla al igual que ha pasado con el ascensor panorámico.
El óxido, la suciedad y el deterioro de determinadas zonas del paseo marítimo vuelven a plantear la misma pregunta: ¿cuánto cuesta crear una gran infraestructura y cuánto cuesta mantenerla durante décadas?
Y ahí es donde quizá esté el verdadero problema de Koruña.
La herencia de Paco Vázquez
Resulta difícil hablar de todo esto sin mencionar a Paco Vázquez.
Durante sus años al frente del Concello se produjo una transformación radical de Koruña: el paseo marítimo, los museos científicos, el monte de San Pedro, grandes espacios culturales y numerosas actuaciones urbanas cambiaron la imagen de la ciudad.
Se puede discutir el coste de algunas de aquellas obras, su rentabilidad o incluso si determinadas decisiones fueron acertadas.
Pero hay algo difícil de negar: existía una ambición de transformación urbana.
El problema actual es que muchas de aquellas infraestructuras necesitan ahora algo mucho menos espectacular pero igual de importante: mantenimiento, renovación y nuevos proyectos que las sustituyan cuando hayan quedado obsoletas.
Y ahí la ciudad parece tener dificultades por la insultante mediocridad con la que se gobierna desde María Pita.
Los museos y los centros culturales tampoco son ajenos
Los grandes equipamientos culturales vinculados a aquella época tampoco deberían vivir únicamente de la herencia recibida. Los museos científicos koruñeses necesitan seguir creciendo, renovándose y adaptándose a nuevos públicos.
Y espacios culturales como el Ágora o el Centro Cívico del Parque Europa necesitan una programación y una actividad que estén a la altura de lo que representan para la ciudad.
Porque una ciudad no se transforma únicamente inaugurando edificios. También se transforma manteniéndolos vivos.
¿Está Inés Rey desmontando el vazquismo?
Aquí conviene evitar una acusación demasiado sencilla. No se puede decir que Inés Rey esté literalmente "destruyendo" todo lo construido por Paco Vázquez. Algunas infraestructuras fueron diseñadas con problemas, otras han quedado obsoletas y algunas sencillamente necesitan ser sustituidas.
Además, muchas decisiones que afectan ahora a esas instalaciones son consecuencia de décadas de problemas acumulados. Pero sí existe un fenómeno políticamente curioso.
Koruña está despidiéndose poco a poco de algunos de los grandes símbolos físicos de aquella etapa.
Primero desapareció el tranvía turístico. Ahora se jubila la «arielita». Las terrazas acristaladas de María Pita tienen también fecha de caducidad.
Y mientras tanto, algunos de los espacios creados durante aquella transformación urbana muestran signos de falta de inversión o mantenimiento.
Todo esto resulta especialmente llamativo porque Inés Rey pertenece al mismo PSOE que gobernó la ciudad durante buena parte de aquella etapa.
Y, sin embargo, resulta difícil encontrar la imagen de una relación política especialmente visible entre la actual alcaldesa y Paco Vázquez. Más allá de las diferencias generacionales y políticas dentro del socialismo coruñés, resulta llamativo que dos figuras que representan dos etapas tan importantes del mismo partido municipal no hayan construido una relación pública especialmente reconocible.
No se trata de conservarlo todo por nostalgia
Y este debería ser el debate serio. No hay que mantener una infraestructura simplemente porque la construyera Paco Vázquez.
Si el ascensor no puede cumplir las actuales normas de seguridad, no tiene sentido poner en riesgo a los usuarios. Si el tranvía era deficitario y técnicamente problemático, tampoco tiene sentido mantenerlo funcionando por nostalgia.
Pero hay una tercera opción entre mantenerlo todo tal cual y abandonarlo hasta que desaparezca.
Es conservar, renovar, transformar y actualizar.
La cuestión es qué quiere hacer Koruña con sus grandes símbolos.
Porque convertir la «arielita» en un mirador puede ser una buena solución. Pero sería bastante más interesante que ese mirador formase parte de un proyecto integral para recuperar el monte de San Pedro, mejorar sus instalaciones, poner en valor su patrimonio militar, recuperar sus espacios degradados y convertirlo otra vez en uno de los grandes polos turísticos, culturales y paisajísticos de la ciudad.
Una ciudad necesita algo más que retirar lo que ya no funciona
La crítica más interesante que puede hacerse al actual gobierno municipal no es que retire el ascensor.
Es otra:
¿Dónde está el proyecto que sustituye aquello que desaparece?
Porque una ciudad puede pasar años gestionando las ruinas de proyectos anteriores, retirando instalaciones obsoletas y parcheando edificios. Pero eso no es exactamente lo mismo que tener un modelo de ciudad.
La «arielita» puede terminar convertida en un bonito mirador. O puede convertirse en algo mucho más triste: el recuerdo acristalado de una ciudad que una vez tuvo la ambición de mirar hacia arriba y que ahora parece conformarse con mantener lo que queda como un resto sin sentido... Un coche sin ruedas o un pecera vacía incapaz de contener agua.
Y quizá esa sea la verdadera cuestión que deja este final anunciado.
No si hay que salvar la arielita, sino qué quiere ser Koruña cuando ya no quede nada de aquella Koruña que se construyó hace treinta o cuarenta años.
¿Por qué Koruña no puede tener uno de los grandes ascensores panorámicos del mundo?
Hay una pregunta que debería hacerse Koruña antes de resignarse a convertir la «arielita» en un simple mirador:
¿Por qué otras ciudades son capaces de mantener, modernizar y convertir sus ascensores panorámicos en auténticos iconos turísticos y nosotros no somos capaces de mantener el nuestro?
No es una comparación disparatada.
En 2024, la prestigiosa revista Architectural Digest incluyó el ascensor del monte de San Pedro entre los 11 ascensores más espectaculares del mundo. En aquella selección aparecía junto al Santa Justa de Lisboa, el Hammetschwand de Suiza, el Lacerda de Salvador de Bahía, el Bailong de China o el Skyview de Estocolmo.
Es decir, la «bola de cristal» de Koruña no era una ocurrencia provinciana. Tenía características suficientes para convertirse en un icono internacional. Y, de hecho, ya lo era sobre el papel.
Lisboa entendió hace más de un siglo lo que Koruña no ha sabido hacer en veinte años
El caso más evidente está muy cerca. El Elevador de Santa Justa de Lisboa tiene más de un siglo. Fue construido entre 1898 y 1902, alcanza unos 45 metros y conecta la Baixa con las zonas altas de la ciudad. Hoy no es simplemente un medio de transporte: es uno de los grandes símbolos turísticos de Lisboa.
| Elevador de Santa Justa. Lisboa |
El ascensor de Koruña tenía otra historia, otra arquitectura y otra escala, pero compartía una idea fundamental: convertir un desnivel urbano en una experiencia turística.
La diferencia es que Lisboa ha sabido convertir su ascensor en patrimonio, atracción turística y parte de la identidad de la ciudad. Nosotros hemos terminado preguntándonos si merece la pena arreglarlo.
Y no hace falta irse a China
El ejemplo suizo resulta todavía más interesante.
El Hammetschwand, construido a principios del siglo XX en el Bürgenstock, asciende por una pared rocosa y ofrece vistas sobre el lago de Lucerna y los Alpes. Con sus 153 metros, está considerado el ascensor exterior más alto de Europa.
| El Hammetschwand en Suiza |
No es precisamente una infraestructura sencilla.
Sin embargo, se ha convertido en una atracción turística por sí misma.
En China llevaron esta idea hasta el extremo con el Bailong, un enorme ascensor acristalado instalado en las montañas de Zhangjiajie, que supera los 326 metros y se ha convertido en una atracción internacional.
| Bailong. China |
Y en Estocolmo dos cabinas acristaladas recorren el exterior del Ericsson Globe hasta alcanzar una plataforma panorámica.
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| Ascensores en forma esférica que ascienden por el Ericsson Globe |
Y no hay que irse fuera de España para ver ascensores panorámicos, hay pequeñas localidades españolas que tiene uno: Ribadeo, Cartagena, La Guardia
Son modelos diferentes, con inversiones, dimensiones y características completamente distintas.
Pero todos tienen algo en común: la infraestructura no se considera únicamente un mecanismo para subir y bajar personas. Es parte de la experiencia turística.
La «arielita» tenía algo que muchos de ellos no tienen
Y aquí está quizá la paradoja koruñesa. Nuestro ascensor no necesitaba alcanzar 150 metros ni atravesar una montaña.
Solo tenía que recorrer 100 metros para salvar un desnivel de 63 metros.
Y lo hacía en una esfera de cristal que descendía por la ladera con el Atlántico, la ciudad y la Torre de Hércules como telón de fondo.
De hecho, Architectural Digest destacaba precisamente que el recorrido ofrecía unas vistas extraordinarias de la Torre y de la bahía.
El escenario ya lo teníamos.
El icono arquitectónico también. La ubicación era excepcional. Y hasta la propia revista internacional se había encargado de ponerlo en el mapa mundial.
Lo que no hemos conseguido es mantenerlo funcionando.
El problema no es que la «arielita» fuese un fracaso
Aquí conviene ser justos. La historia económica del ascensor es complicada. Generó importantes déficits, sufrió averías prácticamente desde su inauguración y terminó cerrado en 2022.
Por tanto, no tiene sentido defender que había que seguir gastando dinero indefinidamente en la misma infraestructura sin analizar sus costes.
Pero tampoco parece suficiente concluir que, como el ascensor original ha llegado al final de su vida útil, la única solución es convertirlo en un mirador estático. Porque ahí es donde aparece la gran oportunidad perdida.
¿Y si en lugar de enterrarlo se hubiese pensado en sustituirlo?
Esta debería ser la pregunta.
Si la actual normativa de seguridad hace inviable recuperar la instalación existente y obliga a construir una compleja vía de evacuación, quizá el debate no debería terminar en:
"No se puede reparar".
Quizá debería continuar con:
"Entonces, ¿qué podemos construir en su lugar?"
Una nueva generación de ascensor panorámico.
Más seguro. Más eficiente. Con tecnología actual. Con un sistema de evacuación diseñado desde el principio. Con menor coste de explotación.
Y, sobre todo, pensado no solamente como transporte sino como una atracción turística internacional.
Porque si Koruña quiere competir por visitantes con otras ciudades atlánticas, tener un ascensor panorámico sobre el océano, junto a la Torre de Hércules y conectado con uno de los grandes parques de la ciudad, no parece precisamente una mala carta de presentación.
¿Cuánto costaría? esa es la pregunta que nunca se ha contestado
Naturalmente, construir un nuevo ascensor no sería barato. Pero tampoco lo fueron muchas de las grandes infraestructuras que han cambiado la imagen de Koruña.
Y aquí sería necesario hacer números con rigor: cuánto costaría una nueva instalación, cuánto costaría mantenerla, cuántos usuarios podría atraer, qué ingresos turísticos generaría y qué retorno tendría para hoteles, restauración, comercio y congresos.
Lo que no parece suficiente es decidir que una infraestructura ha muerto sin estudiar seriamente qué podría sustituirla.
Porque una ciudad turística no puede limitarse a conservar las fotografías de sus antiguos atractivos.
Tiene que crear los siguientes.
El verdadero fracaso sería no intentarlo
La «arielita» original puede haber sido un fracaso económico y técnico. Pero su desaparición no debería significar que Koruña renuncie a la idea.
Quizá incluso haya llegado el momento de hacer exactamente lo contrario: aprovechar la oportunidad para diseñar un ascensor panorámico del siglo XXI que convierta el monte de San Pedro en uno de los grandes miradores del Atlántico.
Porque resulta bastante paradójico que una revista internacional incluyera nuestro ascensor entre los más espectaculares del planeta cuando llevaba ya casi dos años parado.
Y todavía más paradójico que, cuatro años después de su último viaje, la solución que encuentre Koruña sea dejarlo convertido en una estructura acristalada desde la que mirar cómo pasan los turistas por debajo.
Quizá la «arielita» no necesitase ser salvada. Quizá necesitábamos tener la ambición de construir una nueva, apostar por esas ideas ambiciosas, en este caso un reto tecnológico... muy lejos del gris gobierno local actual que solo parece tener proyectos donde se empleen grandes toneladas de hormigón.
Eso sí sería estar a la altura de la ciudad que durante décadas quiso convertirse en una referencia del Atlántico.

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