Hay momentos en los que una ciudad deja de contarse a sí misma con orgullo y empieza a narrarse con preocupación. Koruña atraviesa uno de esos momentos incómodos, en los que lo que antes eran hechos aislados empiezan a dibujar un patrón inquietante: vandalismo, robos y una sensación creciente de descontrol que cala en los barrios.
El caso de Os Mallos no es una anécdota. Es un síntoma.
Una vecina de Os Mallos ha sufrido hasta tres accesos a su coche en poco más de dos años, todos con un patrón tan silencioso como perturbador: sin daños visibles, sin cristales rotos, sin cerraduras forzadas… pero con el interior completamente revuelto. La primera vez desaparecieron objetos personales; las siguientes, ni siquiera eso. Ya no había nada que robar. Solo quedaba el gesto, la invasión, la impunidad.
| El coche en el que han robado hasta 3 veces. Foto de Qunicemil. |
Y eso es quizá lo más grave: la normalización.
Porque cuando una familia decide no dejar absolutamente nada en el coche, no está previniendo un robo: está asumiendo que el robo va a ocurrir. Cuando evita aparcar en ciertas calles pero no tiene alternativa, no está eligiendo: está resignándose. Y cuando afirma que “raro es el día que algún vecino no se lleva un susto”, lo que está describiendo no es un incidente, sino un clima.
Un clima que se extiende
La madrugada del 24 de marzo dejó otra imagen preocupante: seis contenedores ardiendo simultáneamente en el entorno de la plaza de la Tolerancia. Llamas alcanzando varios metros de altura, fachadas afectadas, vehículos dañados y un bajo comercial incapaz de abrir al día siguiente. Horas después, dos baños portátiles también en llamas en pleno centro.
| Uno de los contenedores que quemaron. Foto de La Opinión Coruña |
No es gamberrismo aislado. Es reiteración. Es coordinación. Es, en el peor de los casos, una prueba de hasta dónde se puede tensar la cuerda sin consecuencias visibles.
Mientras tanto, los servicios públicos responden: bomberos que llegan a tiempo, intervenciones rápidas, daños contenidos. Pero apagar fuegos —literalmente— no equivale a resolver el problema. Es contención, no solución.
Y en paralelo, los testimonios vecinales apuntan a algo aún más inquietante: personas sospechosas merodeando, avisos a la policía que no frenan la repetición de los hechos, talleres que hablan de casos similares. Incluso se menciona una posible técnica para manipular los sistemas de ventanillas y acceder a los vehículos sin dejar rastro. Si esto es así, ya no hablamos de oportunismo, sino de cierta especialización.
La pregunta es inevitable: ¿en qué momento Koruña empezó a acostumbrarse a esto?
Porque el mayor riesgo no es solo el aumento de delitos. Es la pérdida progresiva de expectativas. Que el vecino deje de denunciar porque “no sirve de nada”. Que el comerciante asuma pérdidas como parte del día a día. Que el ciudadano modifique su comportamiento no por prudencia, sino por miedo.
Y ahí es donde una ciudad empieza a perder algo más que seguridad: pierde confianza.
Koruña siempre ha sido una ciudad viva, abierta, orgullosa de sus barrios. Pero esa identidad no es indestructible. Requiere cuidado, presencia institucional y, sobre todo, la sensación de que quien incumple las normas no lo hace gratis.
Hoy, demasiados indicios apuntan en la dirección contraria.
No se trata de alarmismo. Se trata de mirar de frente lo que está ocurriendo y evitar que lo excepcional se convierta definitivamente en cotidiano. Porque cuando eso pasa, recuperar la normalidad ya no es cuestión de apagar incendios, sino de reconstruir la ciudad desde dentro.
Y eso, siempre, es mucho más difícil
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