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jueves, 15 de octubre de 2026

¿El barco de Atalaya será el fin de los barcos puestos en la entrada de la ciudad?

Durante décadas, un barco pesquero ha servido de carta de presentación para quienes llegan a Koruña por la avenida de Alfonso Molina. Una estampa marinera en medio del asfalto, un guiño a la historia pesquera de la ciudad herculina y un elemento que, con el paso de los años, se ha convertido en parte del paisaje cotidiano de miles de koruñeses y koruñesas. Pero el tiempo no perdona, la madera se pudre, los temporales castigan y, por si fuera poco, el vandalismo termina de hacer el trabajo sucio.

El protagonista de esta historia es el Atalaya, el pesquero que desde 2016 ocupa este rincón ajardinado de Alfonso Molina y que hoy parece haber llegado a un punto de no retorno. Agujeros en el casco, tablones desaparecidos, hierbajos creciendo donde debería lucir su estructura y daños que se acumulan sin que el barco consiga recuperar aquella dignidad marinera con la que fue colocado a la entrada de la ciudad.

Y ahora, a los estragos del tiempo y al deterioro de la embarcación, se suman los incendios registrados en su interior durante los últimos meses. El más reciente, el pasado 11 de octubre, afectó a la popa del barco y obligó a intervenir a los bomberos del parque de A Grela. Según la información municipal difundida tras el suceso, el fuego fue intencionado.

El Atalaya con fuego. Foto de La Voz de Galicia

¿Qué futuro le espera al Atalaya? De momento, ni siquiera el Concello parece tenerlo claro.

Una historia de barcos, accidentes y relevos

La tradición de colocar un pesquero en esta entrada de Koruña se remonta a 1994, cuando llegó el Pepé Golán. La idea tenía su encanto: recordar el vínculo de la ciudad con el mar y dar la bienvenida a quienes entraban en ella por una de sus principales arterias.

Pero aquello no iba a ser precisamente una travesía tranquila. En octubre de 2003, el Pepé Golán terminó destruido después de que un vehículo se saliese de la vía y chocase contra la embarcación. El relevo llegó en 2004 con el Corpiño de Muxía, que tampoco tuvo una existencia especialmente apacible. Varios accidentes, entre ellos dos impactos de vehículos en enero y febrero de 2009, dañaron el barco y pusieron en peligro su continuidad. En abril de 2013 todavía recibió labores de adecentamiento.

Finalmente, en 2016, apareció el Atalaya, dispuesto a continuar con la tradición. Una década después, el panorama vuelve a repetirse: deterioro, daños, abandono y dudas sobre qué hacer con una embarcación que ya forma parte de la memoria visual de la ciudad herculina.

Parece que estos barcos tienen fecha de caducidad. La combinación de lluvia, viento, temporales y exposición permanente a la intemperie pasa factura a la madera. Y si a eso le añadimos los golpes, las pintadas, los desperdicios y los incendios, el resultado es el que tenemos delante.

De símbolo marinero a refugio improvisado

El estado del Atalaya no solo plantea un problema estético. También ha generado preocupación por la seguridad.

El pasado mes de junio, la Policía Local tuvo que intervenir después de localizar a personas que habían accedido al interior de la embarcación. El barco fue vallado y precintado de manera preventiva, debido al riesgo que suponía su deteriorada estructura. En otra intervención, los agentes impidieron que una pareja se instalase en su interior.

Conviene recordar que detrás de estas situaciones también hay personas sin hogar, una realidad social que no desaparece por cerrar una embarcación o colocar unas vallas. Pero el deterioro del barco es evidente y permitir que alguien acceda a su interior, con el casco agujereado y partes de la estructura dañadas, supone un riesgo que no debería ignorarse.

A ello se suman los restos de basura, las pintadas y los incendios. El último episodio conocido, ocurrido el 11 de octubre, ha vuelto a encender las alarmas sobre la conservación de un elemento urbano que, en teoría, debía servir para dar una bienvenida marinera a Koruña.

Menuda bienvenida, desde luego.

El Concello estudia qué hacer con el barco

Tras los últimos incendios, el futuro del Atalaya ha regresado a la agenda municipal. El portavoz del Gobierno local, José Manuel Lage Tuñas, reconoció el 14 de octubre que el Concello está estudiando la situación, aunque todavía no ha concretado una decisión.

«Estamos estudando a situación e cando teñamos algo que contar, contarémolo», señaló, añadiendo que son conscientes del problema y que están buscando «a mellor solución».

La incógnita está en saber cuál será esa solución: reparar el barco, retirarlo definitivamente, sustituirlo por otro pesquero o buscar una alternativa que conserve la idea original sin repetir una historia que parece condenada a comenzar de nuevo cada diez años.

En junio, desde el Concello se había apuntado que se realizarían trabajos de reparación y pintado para recuperar el aspecto de la embarcación. Sin embargo, los nuevos incidentes y los incendios han vuelto a poner sobre la mesa la cuestión de su continuidad.

Y aquí surge una pregunta bastante razonable: ¿merece la pena seguir colocando barcos de madera en un emplazamiento tan expuesto, sin garantizar un mantenimiento adecuado y una protección suficiente frente al vandalismo?

¿Tradición marinera o una batalla perdida?

La presencia de un pesquero en Alfonso Molina tiene un componente simbólico que no conviene despreciar. Koruña es una ciudad profundamente ligada al mar, a sus pescadores, a sus puertos y a una identidad que no se entiende sin el Atlántico. Tener una embarcación como bienvenida es una idea sencilla, reconocible y con personalidad propia.

Pero una cosa es mantener una tradición y otra muy distinta dejar que se convierta en una sucesión de barcos destrozados.

El Atalaya lleva cerca de diez años expuesto a las inclemencias meteorológicas y a los daños ocasionados por distintas incidencias. Su estado actual evidencia que no basta con instalar un pesquero, pintarlo y esperar que aguante. Hace falta mantenimiento, vigilancia y una decisión clara sobre qué se quiere hacer con él.

Quizá sea el momento de plantearse una alternativa más duradera: restaurar la embarcación si todavía merece la pena, sustituirla por otra mejor preparada para soportar las condiciones del lugar o diseñar una instalación marinera que mantenga ese carácter tan koruñés sin condenar a otro barco a terminar de la misma manera.

Porque tampoco se trata de retirar cualquier elemento que se deteriore. Se trata de conservar aquello que tiene valor para la ciudad, pero hacerlo con un mínimo de planificación y responsabilidad.

Koruña merece algo mejor que un barco hecho una pena

El Atalaya no es un monumento de primera categoría ni una pieza imprescindible de nuestro patrimonio histórico. Pero sí es uno de esos elementos cotidianos que terminan formando parte del paisaje sentimental de una ciudad. Muchos koruñeses y koruñesas lo han visto durante años al entrar o salir de Koruña, camino del trabajo, de casa o de cualquier otro destino.

Por eso, verlo convertido en una estructura maltrecha, con agujeros, hierbajos y señales de incendios, produce una mezcla de pena, enfado y resignación.

La ciudad herculina tiene demasiados asuntos pendientes como para convertir un barco ornamental en una gran crisis municipal. Pero precisamente por tratarse de una actuación relativamente concreta, sería deseable que el Concello resolviese el problema con criterio y sin dejar que se prolongue indefinidamente.

O se restaura bien, o se sustituye con cabeza, o se busca una alternativa digna. Lo que no tiene demasiado sentido es mantener indefinidamente un pesquero que se cae a pedazos a las puertas de Koruña.

El Pepé Golán desapareció tras un accidente. El Corpiño de Muxía sufrió golpes y deterioro. Ahora el Atalaya acumula los estragos del tiempo, los actos vandálicos y los incendios. Tres barcos, tres historias y una misma pregunta que vuelve una y otra vez.

¿Será el Atalaya el último de la saga o volveremos a ver otro pesquero ocupando su lugar dentro de unos años?

En Koruña, donde el mar forma parte de nuestra identidad, estaría bien que la tradición marinera de Alfonso Molina tuviese un futuro más sólido que las tablas de madera que hoy apenas aguantan en pie.

Porque una cosa es dar la bienvenida a la ciudad con sabor a mar y otra muy distinta recibir a koruñeses, koruñesas y visitantes con la imagen de un barco abandonado a su suerte.

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