Ya no es solo el incremento de los abonos que deberán pagar los socios, además ahora el club los maltrata con unas exigencias que en algunos casos son inaceptables y a traición después de que esta gente haya soportado tantos años de frustración siguiendo al Dépor en las peores circunstancias y en los campos más perdidos de la geografía española y el fútbol amateur. Ahora que el Dépor va a formar parte del grupo de los 20 mejores equipos del fútbol español, no les interesa que armen follón y los quieren encadenar a sus respectivos asientos
El estricto control sobre cada socio
El fútbol español está cambiando. Y quizá uno de los ejemplos más claros acaba de producirse en Riazor.
El Deportivo ha comunicado a los abonados de Marathon Inferior unas nuevas condiciones para renovar su carnet que suponen un cambio histórico en la forma de entender la animación del estadio. Detrás de estas medidas está la normativa impulsada por LaLiga para las llamadas "gradas de animación", cuyo objetivo es claro: erradicar cualquier comportamiento violento, racista, xenófobo o intimidatorio dentro de los estadios.
El objetivo parece difícilmente discutible. La pregunta es otra.
¿Hasta dónde puede regularse una grada sin terminar convirtiéndola en algo completamente distinto?
Se acabó la grada autogestionada
Hasta ahora, Marathon Inferior había funcionado, con sus luces y sus sombras, como el corazón de la animación de Riazor. Los Riazor Blues, guste más o menos su historia, han sido durante décadas el grupo que ha llevado el peso de los cánticos, los tifos, las banderas y el ambiente del estadio.
Eso, en la práctica, se termina. Con las nuevas condiciones será el propio Deportivo quien decida quién coordina la animación, quién puede utilizar bombos, megáfonos o banderas de gran formato, qué materiales pueden exhibirse y qué mensajes podrán mostrarse en la grada.
La organización deja de pertenecer a los aficionados para pasar directamente al club. Y eso supone un cambio cultural enorme.
Identificación permanente y más control
Las nuevas normas también endurecen notablemente el acceso. La renovación deberá hacerse presencialmente. Será obligatorio acreditar la identidad.
El abono será estrictamente personal e intransferible. Podrán realizarse controles aleatorios de identidad. Habrá sistemas específicos de videovigilancia y verificación.
Y LaLiga contempla incluso el reconocimiento biométrico para este tipo de sectores.
Además, el club podrá exigir una asistencia mínima o la liberación del asiento. Un abonado que no acuda regularmente podría perder el derecho preferente de renovación.
Es evidente que todo ello busca acabar con el fraude, la reventa, el anonimato y la impunidad dentro de las gradas de animación.
El final de una época
Quizá la consecuencia más importante no aparezca escrita en ninguna de las normas. Todo apunta a que el modelo tradicional de grupos ultra tal y como los hemos conocido durante décadas tiene muy difícil sobrevivir. No solo en Koruña. También en el resto del fútbol español.
Los Riazor Blues, como tantos otros grupos históricos, deberán adaptarse completamente a un sistema en el que el club controla la organización, el material, la identificación de los asistentes y buena parte de la propia animación.
No es únicamente una cuestión administrativa. Es un cambio de modelo.
De la grada popular al espectáculo dirigido
Durante décadas el fútbol europeo se caracterizó por una cierta espontaneidad. Los cánticos nacían desde la grada. Las pancartas aparecían por iniciativa de los aficionados. Las coreografías eran organizadas por las peñas. Los bombos marcaban el ritmo desde abajo.
Ahora el proceso parece invertirse. Cada vez más elementos pasan a depender de autorizaciones, protocolos, responsables designados y controles previos.
LaLiga busca estadios más seguros, más familiares y libres de cualquier forma de violencia. Es un objetivo compartido por prácticamente todo el mundo.
Pero algunos aficionados temen que, en ese camino, también desaparezca parte de la personalidad que siempre distinguió al fútbol de otros espectáculos deportivos.
¿Qué tipo de fútbol queremos?
Probablemente esa sea la verdadera pregunta.
Muy pocos echarán de menos los insultos, las amenazas, las peleas o la violencia que durante años acompañaron a algunos grupos ultras.
Sin embargo, también existe el riesgo de que el remedio termine eliminando parte de la pasión que hace diferente asistir a un estadio respecto a ver un partido desde casa.
Si toda la animación pasa a estar dirigida desde el club, si cada bandera necesita autorización, si cada cántico depende de un coordinador, si cada grito debe ser controlado y si la espontaneidad desaparece por completo, algunos temen que los estadios acaben pareciéndose más a un teatro que a un campo de fútbol.
El reto será encontrar el equilibrio
LaLiga tiene derecho —y probablemente la obligación— de perseguir la violencia. El Deportivo también tiene la responsabilidad de garantizar que Riazor sea un estadio seguro para cualquier aficionado, incluidos niños y familias.
Pero el gran desafío será conseguir que esa seguridad no termine apagando el alma de la grada. Porque el fútbol no solo se juega sobre el césped.
También vive en el rugido de una grada, en un cántico que nace de forma espontánea, en un mosaico preparado durante semanas o en esos noventa minutos en los que miles de personas sienten que forman parte del mismo equipo.
Erradicar la violencia es una victoria. Perder la identidad de las gradas sería una derrota.
¿Merece la pena ir al estadio?
Y aquí aparece una cuestión que probablemente LaLiga y los clubes deberían plantearse.
Cada vez se exigen más obligaciones al aficionado que paga su abono. Debe identificarse continuamente, aceptar controles reforzados, someterse a sistemas de videovigilancia e incluso, en determinadas gradas, a controles biométricos. Su carnet deja de ser algo que pueda prestar libremente a un familiar o un amigo si un día no puede acudir, y la falta reiterada de asistencia puede acabar suponiendo la pérdida del derecho de renovación.
Todo ello convierte al abonado en una persona sometida a un nivel de vigilancia que hace apenas unos años habría parecido impensable. La inmensa mayoría de los aficionados nunca ha protagonizado un incidente violento, nunca ha lanzado un objeto al campo ni ha participado en altercados, pero las nuevas normas hacen que todos sean tratados bajo un sistema de control muy estricto para evitar que unos pocos provoquen problemas.
Es cierto que la seguridad debe ser una prioridad y que nadie quiere volver a ver episodios de violencia en un estadio. Pero también cabe preguntarse si el equilibrio no se está desplazando demasiado hacia el control.
Porque, si para asistir a un partido hay que aceptar cada vez más restricciones, más vigilancia y más obligaciones, algunos aficionados pueden llegar a hacerse una pregunta muy sencilla:
¿Compensa seguir yendo al estadio?
Hoy ver un partido desde casa resulta más cómodo que nunca. No hay desplazamientos, ni colas, ni problemas para aparcar, ni horarios condicionados, ni calor, lluvia o frío que soportar, ni controles policiales (al final de temporada en Riazor hasta se hicieron controles de niveles de alcohol a los aficionados), ni sanciones económicas que te puedan imponer por no cumplir una lista cada vez más larga de normas. Se disfruta de mejores repeticiones, de una realización televisiva impecable y de todas las comodidades del hogar (incluuendo bebida barata). Además, uno puede vivir el partido con total libertad en su ámbito privado, comentándolo o desahogándose sin estar sometido a las normas específicas de comportamiento que rigen dentro de un recinto deportivo.
Precisamente cuando los clubes dicen querer llenar los estadios y atraer nuevas generaciones de aficionados, conviene preguntarse si una experiencia cada vez más regulada, vigilada y burocratizada no corre el riesgo de hacer menos atractivo aquello que durante décadas convirtió al fútbol en un espectáculo único: la sensación de libertad, de pertenencia y de participación colectiva que solo podía vivirse desde la grada.
La respuesta no se hizo esperar: "no renovaremos"
Las nuevas condiciones anunciadas por el Deportivo han provocado una respuesta inmediata de los principales colectivos de Marathon Inferior. En un comunicado conjunto firmado por Riazor Blues, Old Faces y la Federación de Peñas, los aficionados califican las nuevas normas de "cláusulas abusivas y disparatadas" y anuncian una primera medida de presión: no renovar sus abonos hasta que el club retire las nuevas condiciones.
Los colectivos consideran que el correo remitido por el Deportivo no hace más que oficializar, por escrito, el endurecimiento de los controles que, según denuncian, ya comenzaron a experimentar durante la pasada temporada, especialmente en las últimas jornadas. Recuerdan, entre otros episodios, los controles realizados en las previas de algunos partidos y sostienen que las nuevas condiciones consolidan una dinámica de vigilancia permanente sobre un único sector del estadio.
Especial rechazo provoca el hecho de que el club pueda controlar la organización de la animación, decidir qué materiales pueden introducirse, qué mensajes pueden mostrarse, designar a los responsables de los cánticos o incluso cerrar parcial o totalmente la grada si considera que existen incumplimientos. Para estos colectivos, la nueva normativa supone que Marathon Inferior deja de ser una grada organizada por los propios aficionados para convertirse en un espacio completamente supervisado por el club.
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| La grada que más anima y pone el ambiente en los partidos ya no podrá hacer despliegues de grandes pancartas como estas sin supervisión de club. ¿Tendrá que contratar los servicios de animadores profesionales para que se pueda ver algo parecido? |
Además, critican que las exigencias de identificación, la renovación exclusivamente presencial, los posibles controles durante los partidos y la obligación de aceptar unas condiciones específicas solo afecten a los abonados de esa zona, lo que consideran un trato desigual respecto al resto del estadio.
En su comunicado anuncian también que están estudiando posibles acciones legales y administrativas contra algunas de las cláusulas impuestas y hacen un llamamiento a todos los deportivistas, no solo a quienes ocupan Marathon Inferior, para que respalden sus reivindicaciones.
El precedente de la invasión de campo
Este endurecimiento de las condiciones tampoco puede entenderse sin mirar a lo ocurrido al final de la pasada temporada.
Tras certificarse el ascenso a Primera División, cientos de aficionados invadieron el terreno de juego de Riazor para celebrar con los jugadores un momento largamente esperado. Las imágenes dieron la vuelta al país y reflejaban la enorme euforia de una afición que llevaba ocho años esperando el regreso a la máxima categoría.
Sin embargo, lo que para muchos deportivistas fue una celebración histórica tuvo consecuencias disciplinarias. LaLiga y los organismos competentes como la Comisión Antiviolencia abrieron expedientes por la invasión del terreno de juego y por diversas deficiencias en el control del estadio, proponiendo sanciones económicas al Deportivo, el posible cierre del estadio durante un mes y exigiendo la adopción de medidas que evitaran que escenas similares pudieran repetirse.
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| Al finalizar la temporada parte de la afición lo celebró invadiendo el campo. Foto de As |
Ese episodio ha reforzado la idea de que, en la Primera División, los clubes deberán extremar el control sobre todo lo que ocurra dentro de sus estadios. Ya no se trata únicamente de prevenir la violencia o perseguir comportamientos delictivos; también se busca evitar cualquier alteración del desarrollo del espectáculo, incluso cuando se produzca en un contexto festivo.
Para muchos aficionados, las nuevas condiciones impuestas en Marathon Inferior representan precisamente esa nueva filosofía: una declaración de intenciones que deja claro que en Riazor habrá muy poco margen para la improvisación y que cualquier conducta considerada fuera de la normativa podrá tener consecuencias inmediatas tanto para el club como para los propios abonados.
Un debate que va mucho más allá de Riazor
La polémica, sin embargo, trasciende a los propios Riazor Blues. La cuestión de fondo es hasta qué punto puede regularse el comportamiento de los aficionados sin alterar la propia esencia del fútbol. LaLiga sostiene que estas medidas son necesarias para garantizar la seguridad, erradicar la violencia y evitar que determinados grupos controlen las gradas de animación. Quienes las critican responden que el precio puede ser demasiado alto si se termina convirtiendo al aficionado en un espectador permanentemente vigilado y sometido a condiciones que hace unos años habrían parecido impensables.
Ese es probablemente el gran debate del fútbol moderno. ¿Es posible mantener la pasión, la espontaneidad y el ambiente de una grada popular bajo un sistema de identificación constante, control organizativo y restricciones cada vez mayores?
El Deportivo no es el único club que afronta esta transformación. LaLiga está impulsando un nuevo modelo de estadio en el que la seguridad y el control ocupan un papel central. Sus defensores creen que es el camino para acabar definitivamente con la violencia y hacer del fútbol un espectáculo familiar. Sus detractores temen que, en ese proceso, desaparezca buena parte de la cultura de grada que ha dado personalidad al fútbol durante décadas.
Sea cual sea el resultado, una cosa parece evidente: la temporada 2026-2027 marcará un antes y un después en la forma de vivir el fútbol en Marathon Inferior, y probablemente también en muchas otras gradas de España.
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