La comunidad argentina en Koruña se está quejando del trato en la ciudad. El epicentro de estos enfrentamientos parece encontrarse en una tasca argentina, La Mila. Si uno lee únicamente las declaraciones de los propietarios de La Mila, el asunto parece claro: existe una campaña organizada de reseñas falsas para intentar hundir un negocio koruñés regentado por argentinos. Si uno lee únicamente los comentarios de muchos vecinos, la historia cambia radicalmente: aseguran que el local permitió durante semanas un ambiente de provocación, ruido e incluso cánticos ofensivos hacia España y hacia Galicia.
¿Quién dice la verdad?
Probablemente ambos cuentan una parte.
Lo que nadie discute
Hay algo sobre lo que prácticamente existe consenso. Las reseñas falsas en Google son inaceptables.
Una cosa es decidir no volver a un establecimiento. Otra muy distinta es inventarse cucarachas en la comida o acusar falsamente a un negocio de servir productos podridos. Eso no es una crítica: es un intento de perjudicar económicamente a personas concretas.
| Argentinos reunidos en La Mila durante un partido del Mudial. |
Si realmente existió esa campaña —y el propio artículo explica que Google acabó eliminando las reseñas denunciadas— estamos hablando de un comportamiento difícilmente justificable.
Pero también existe otra realidad
Sin embargo, reducir todo a "odio contra los argentinos" sería simplificar demasiado.
Los comentarios de numerosos lectores muestran un patrón muy distinto.
Muchos aseguran que durante partidos anteriores hubo:
- bombos y cánticos hasta altas horas;
- celebraciones constantes en la calle;
- insultos a España;
- el famoso "España tiene miedo";
- incluso el discutido "Es gallego el que no bote".
No sabemos si todos esos episodios ocurrieron exactamente como los describen. Pero sí sabemos algo importante: decenas de vecinos afirman haberlos vivido.
Y cuando tanta gente expresa un malestar parecido, conviene al menos preguntarse qué ocurrió.
¿Es responsable un bar de lo que pasa fuera?
Aquí aparece el gran debate. Los propietarios sostienen que ellos bajaban la persiana a su hora y que lo que sucedía después en la calle no era responsabilidad suya. Legalmente tienen parte de razón.
Pero socialmente el asunto es más complejo. Cuando un local se convierte en el punto de reunión de cientos de aficionados, resulta difícil convencer a los vecinos de que el establecimiento no tiene absolutamente ninguna responsabilidad en el ambiente que genera. No porque pueda controlar cada comportamiento. Sino porque, quiera o no, se convierte en el epicentro del problema.
El victimismo también puede existir
Hay un detalle curioso. Para la final, los dueños publicaron normas muy estrictas prohibiendo insultos y cánticos irrespetuosos.
Según explican, funcionó perfectamente. Entonces surge una pregunta inevitable. Si fue posible controlar el ambiente en la final...
¿por qué no se hizo antes?
Muchos vecinos interpretan precisamente eso como una admisión implícita de que en partidos anteriores sí hubo situaciones que se dejaron pasar.
La otra cara
Pero tampoco puede ignorarse otro hecho. Hay comentarios profundamente preocupantes.
Algunos hablan de que "cojan la maleta", otros celebran que el negocio pueda quebrar y otros animan directamente a dejar de consumir allí simplemente porque sus propietarios son argentinos o porque el local era conocido por reunir aficionados argentinos.
Ese discurso ya no trata sobre fútbol. Ni siquiera sobre ruido. Habla de señalar a personas por su origen.
Y eso sí debería preocupar a cualquier koruñés.
El verdadero problema de Koruña
Quizá la pregunta correcta no sea si los argentinos están siendo víctimas o si están exagerando.
La pregunta es otra.
¿Cómo ha conseguido un Mundial dividir tanto a una ciudad con una enorme comunidad argentina, con miles de familias mezcladas entre ambos lados del Atlántico y donde prácticamente todos tienen algún abuelo, primo o amigo al otro lado del océano?
Porque algo evidente ha ocurrido. Las redes sociales amplificaron el conflicto. El fútbol hizo el resto.
Y ahora un bar de barrio se ha convertido en el símbolo de una batalla cultural que nunca debería haber salido del terreno de juego.
Koruña necesita bajar el balón al suelo
La mayoría de los argentinos que viven en Koruña trabajan, pagan impuestos y forman parte de la vida cotidiana de la ciudad. La mayoría de los koruñeses tampoco odian a los argentinos.
Pero una minoría muy ruidosa de ambos lados ha conseguido que durante unas semanas pareciera lo contrario. Y quizá esa sea la verdadera derrota del Mundial.
No la de España. Ni la de Argentina. Sino la de una convivencia que hasta hace poco parecía mucho más sencilla de lo que hoy muestran las redes sociales y las cajas de comentarios.
Quizá lo más preocupante es que el caso de La Mila no puede entenderse sin mirar lo que está ocurriendo desde hace semanas en las redes sociales. La final del Mundial ya no se discute solo en términos deportivos. En X, TikTok o Instagram el debate ha degenerado en una batalla identitaria entre argentinos y españoles, donde el fútbol ha sido solo la chispa.
Por un lado, miles de usuarios argentinos han difundido teorías según las cuales la final fue un "robo histórico", que el partido estuvo manipulado para favorecer a España o incluso que existieron intereses políticos para impedir un nuevo título argentino. Han circulado peticiones para repetir la final, vídeos analizando supuestas conspiraciones arbitrales y mensajes que presentan a Argentina como víctima de una operación internacional. Al mismo tiempo, han proliferado publicaciones que ridiculizan la forma de celebrar de los españoles o que sostienen que España debería "callarse" porque Argentina ayudó con envíos de alimentos durante el primer peronismo tras la Guerra Civil, mezclando acontecimientos históricos con un partido de fútbol de forma tan forzada como absurda.
Por el otro, en España también han aparecido respuestas igual de viscerales: generalizaciones sobre toda la comunidad argentina en España y para todos los argentinos.
El resultado es un clima en el que cada bulo alimenta otro bulo y cada provocación genera una respuesta todavía más exagerada. El algoritmo premia el enfado, no la reflexión. Y mientras unos convierten cualquier derrota en una conspiración mundial y otros responden señalando a toda una comunidad por el comportamiento de una minoría, los únicos que realmente pierden son quienes conviven cada día en Koruña.
Porque cuando un Mundial termina enfrentando a vecinos, poniendo en la diana a pequeños negocios koruñeses y convirtiendo las redes sociales en una fábrica de agravios, el problema hace tiempo que dejó de ser el fútbol. Se ha convertido en un ejemplo más de cómo Internet puede amplificar los peores instintos colectivos hasta hacer creer que una discusión entre unos cuantos representa a pueblos enteros. Y esa sí sería una derrota mucho más difícil de celebrar para cualquier koruñés.
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