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lunes, 25 de mayo de 2026

Ascenso a Primera sin dramas, Valladolid 0 - Depor 2

 Llovió como si el fútbol tuviera que purgar ocho años de sufrimiento antes de dejar volver al Deportivo a donde nunca debió salir. Cayó un diluvio bíblico sobre Zorrilla antes de empezar, y cuando el árbitro pitó el comienzo, ya solo quedaba agua limpia. Agua que se llevó el barro. Agua que dejó el camino despejado.

Y el Deportivo, cómo no, lo hizo a lo grande. Con épica, con poesía y con un camerunés que se empeñó en pasar a la historia. Bil Nsongo marcó los dos goles que devuelven al Dépor a Primera División ocho años después. Dos remates con alma, con rabia y con justicia. Uno de cabeza, otro con la zurda tras un rebote. El más inesperado de los héroes se convirtió en el más justo.


Bil Nsongo, el héroe del partido. Foto de La Voz de Galicia


Desde el minuto uno se vio que el Valladolid había venido a cumplir el trámite. Rotaciones, piernas flojas y poca alma. El Dépor, en cambio, saltó al césped sabiendo que tenía una bala y que no podía fallarla. Movió el balón con paciencia, esperó su momento y, cuando llegó, no perdonó. Luismi Cruz puso los centros perfectos, Bil Nsongo remató con contundencia y Zorrilla se quedó en silencio mientras Cuatro Caminos ya empezaba a rugir a 400 kilómetros.El 0-1 serenó al equipo. El 0-2 lo liberó.
La gran sorpresa de esta temporada, dando con un cabezazo el primer gol que derribó la muralla pucelana y trazó el inicio del camino que dio la victoria y ascenso al Dépor. Foto de El Ideal Gallego.


En la segunda parte hubo algún susto, lógico cuando tienes el ascenso tan cerca que casi puedes tocarlo. El Valladolid intentó reaccionar con más corazón que fútbol, pero ya era tarde. El Dépor se replegó con inteligencia, metió gente al medio, controló los tiempos y dejó correr el reloj. Hidalgo manejó el banquillo con maestría y los cambios dieron oxígeno justo cuando hacía falta.
Cuando Ais Reig pitó el final, ya no había dudas. El Deportivo volvía a ser de Primera.No fue el ascenso más bonito de la historia, pero sí uno de los más merecidos. Porque este equipo no solo ganó hoy en Zorrilla. Lleva ganando desde que cayó al infierno, desde que se refundó, desde que la afición decidió que este club no se moría.Bil Nsongo apunta al cielo. Y el cielo, por fin, le devuelve la mirada. ¡El Dépor es de Primera, hostia! Y esta vez viene para quedarse.
Valladolid 0 - 2 Deportivo
Valladolid: Aceves; Iván Alejo (Sansiviero, m.69), Tomeo, Ramón Martínez, David Torres, Peter Federico (Hugo, m.69); Lachuer (Alani, m.82), Juric (Carvajal, m.46), Ponceau; Amath (Biuk, m.82), Latasa. 
Deportivo: Álvaro Ferllo; Ximo Navarro, Lucas Noubi, Miguel Loureiro; Altimira (Escudero, m.90+1), Diego Villares, Mario Soriano (Comas, m.90+1), Quagliata; Luismi Cruz (Riki, m.70), Yeremay (Stoichkov, m.78), Bil Nsongo (Eddahchouri, m.78).
Goles: 0-1, m.11: Bil Nsongo. 0-2, m.34: Bil Nsongo.
Árbitro: Saúl Ais Reig (C. valenciano). Expulsó a Sansiviero(m.86) en el Valladolid y amonestó a Alti (m.47) en el Dépor y a Juric (m.25), Iván Alejo (m.38), David Torres (m.49), Lachuer, m.60) y Tomeo (m.61) en el Valladolid.
Incidencias: Estadio Nuevo José Zorrilla. Partido correspondiente a la jornada 41 de LaLiga Hypermotion.

El Dépor volvió del infierno

El Deportivo ya está de vuelta en Primera División. Y no se trata simplemente de un ascenso. Lo que acaba de completar el club koruñés es una de las reconstrucciones más impresionantes que ha vivido el fútbol español moderno. Ocho años después de abandonar la élite, tras una travesía que incluyó el descenso a la tercera categoría, crisis institucionales, una pandemia mundial y varios proyectos deportivos fallidos, el deportivismo vuelve a mirar al fútbol profesional desde arriba. No como un invitado ocasional, sino como un club que ha conseguido levantarse después de tocar fondo.
La caída comenzó mucho antes del descenso definitivo. El Deportivo llevaba años sobreviviendo entre problemas económicos, cambios constantes y una sensación de desgaste estructural que terminó explotando. La deuda heredada de la última etapa de Augusto César Lendoiro había llegado a alcanzar cifras gigantescas, mientras el club intentaba mantenerse a flote entre decisiones deportivas equivocadas y proyectos que nunca terminaban de consolidarse. Aun así, nadie imaginaba que un campeón de Liga pudiera terminar cayendo hasta la tercera división y pasó.

Siempre mantuvo su coraza de oro bajo la costra de barro 

El Deportivo de La Coruña nunca dejó de ser grande. Pero durante ocho años tuvo que recordárselo al fútbol español cada fin de semana.
Lo que comenzó como un descenso traumático en aquel fatídico 2020, marcado por la pandemia, la mala gestión y un final indigno contra el Fuenlabrada, se convirtió en la travesía más dura de su centenaria historia. Solo el Betis, entre los grandes campeones de Liga, había vivido algo remotamente parecido en los años 40 y 50. El resto de gigantes que cayeron nunca tocaron fondo tan profundo.
El club tocó fondo. Deuda descomunal de hasta 160 millones de euros, inestabilidad permanente, siete presidentes, once entrenadores y cientos de futbolistas que pasaron como sombras. Hubo momentos en los que el club parecía destinado a desaparecer o, peor aún, a convertirse en un equipo más del montón.
Pero entonces llegó la refundación.
Juan Carlos Escotet tomó las riendas, saneó las cuentas, reconstruyó las estructuras desde los cimientos y devolvió al canterano al centro del proyecto. Se apostó por la cantera, por la identidad y por la gente. Se construyó una nueva ciudad deportiva. Se recuperó el orgullo. Y, sobre todo, se reconstruyó el vínculo sagrado entre equipo y afición.Esa comunión fue el motor.


La caída en el abismo

La temporada 2019-2020 fue probablemente una de las más crueles que se recuerdan en el fútbol español. El Dépor parecía condenado durante gran parte del curso, aunque el regreso de Fernando Vázquez al banquillo provocó una reacción milagrosa. El equipo enlazó ocho victorias consecutivas y llegó vivo a la última jornada, creyendo todavía en la permanencia. Entonces apareció el caos de la pandemia y el caso Fuenlabrada. El conjunto madrileño llegó Koruña con varios jugadores contagiados de covid y el partido quedó suspendido mientras el resto de rivales sí disputaban sus encuentros. Aquella imagen de Riazor vacío, esperando una resolución imposible, quedó grabada para siempre en la memoria del deportivismo. El descenso a Segunda B acabó consumándose entre indignación, sensación de injusticia y una tristeza colectiva difícil de describir.
Descenso a 1ª RFEF. Foto de El Mundo

Lo peor estaba todavía por llegar. El Deportivo descendía precisamente en el momento en el que el fútbol se quedaba sin público. Y para un club tan emocional y tan dependiente de su conexión con la grada, aquello fue devastador. El silencio de Riazor durante la pandemia representó como pocas cosas la dimensión del desastre. El equipo vagaba por una categoría que no entendía, mientras la afición contemplaba incrédula cómo el club seguía hundiéndose.

Desde el último descenso pasaron siete presidentes, once entrenadores y cientos de futbolistas. Cada temporada parecía empezar con un discurso nuevo y terminar exactamente igual: frustración, decepción y otro fracaso más en el intento de regresar. El Deportivo descubrió además la brutalidad de la tercera categoría española, una competición diseñada para devorar históricos. Playoffs crueles, eliminatorias imposibles, campos pequeños y una presión gigantesca fueron desgastando psicológicamente a todo el entorno.

El playoff fallido

En 2022 el ascenso se escapó a siete minutos contra el Albacete en un Riazor destrozado emocionalmente. En 2023, ni siquiera el regreso de Lucas Pérez consiguió rescatar a un equipo incapaz de competir lejos de casa. El Dépor se había convertido en un club atrapado en una espiral de ansiedad y nostalgia, viviendo permanentemente entre el recuerdo de lo que había sido y el miedo a no volver jamás.
Playoff fallido. Foto de La Opinión.


Y, sin embargo, la afición nunca desapareció.
Ese probablemente fue el gran milagro de todos estos años. Mientras el equipo jugaba en categorías impropias de su historia, Riazor seguía llenándose. El deportivismo convirtió el sufrimiento en una especie de identidad colectiva. Cuanto más duro era el golpe, más fuerte parecía el vínculo entre la ciudad y el club.

Y Escotet se pone al frente

La reconstrucción real comenzó con la llegada de Juan Carlos Escotet. Más allá de los resultados inmediatos, el empresario venezolano impulsó una refundación profunda del Deportivo. Se saneó la gigantesca deuda, se reorganizó toda la estructura del club y se colocaron los cimientos de una nueva ciudad deportiva. Pero sobre todo se tomó una decisión fundamental: devolver el protagonismo a la cantera.
Juan Carlos Escotet

Abegondo dejó de ser una simple fábrica secundaria para convertirse en el centro del proyecto. Y ahí aparecieron los nuevos símbolos del deportivismo. Yeremay Hernández, David Mella, Bil Nsongo o Dani Barcia empezaron a representar algo más que talento futbolístico. Representaban el regreso del Dépor a sí mismo.

El ascenso de 2024 a Segunda División fue el primer gran alivio. Después de cuatro años atrapado en el barro de la Primera Federación, el equipo conseguía por fin escapar. Aquel curso, con Lucas Pérez liderando emocionalmente al grupo y con el crecimiento de los canteranos, devolvió la esperanza a una afición agotada. Sin embargo, el regreso definitivo todavía estaba pendiente.

Ascenso a Primera

La temporada 2025-2026 terminó siendo la culminación perfecta de toda la reconstrucción. Con Antonio Hidalgo al mando, el Dépor construyó un equipo quizá menos brillante de lo que muchos imaginaban, pero enormemente competitivo. Nunca abandonó las posiciones altas de la clasificación y aprendió a sobrevivir incluso en sus peores momentos.
Celebración de un ascenso para recordar en Valladolid. Foto e DXT

El ascenso no se construyó desde las individualidades, aunque hubo futbolistas decisivos. Mario Soriano fue probablemente el gran cerebro del equipo durante toda la temporada. Yeremay Hernández confirmó que es uno de los jugadores más diferenciales de toda la categoría. Álvaro Ferllo apareció en invierno para convertirse en un héroe inesperado a base de paradas milagrosas y penaltis detenidos. Y alrededor de ellos fueron creciendo nombres como Villares, Ximo Navarro, Altimira, Miguel Loureiro, Quagliata, Zakaria, Luismi Cruz o Bil Nsongo.

Pero lo que realmente convirtió este ascenso en algo especial fue el carácter colectivo. El Deportivo se acostumbró a sufrir y a levantarse constantemente. Remontó partidos imposibles, resistió momentos críticos y enlazó doce jornadas sin perder en el tramo decisivo del campeonato. El equipo aprendió a convivir con la presión y terminó reflejando exactamente el estado emocional de su afición: cansado, golpeado, pero incapaz de rendirse.
El ascenso terminó llegando entre una comunión absoluta con Riazor. Los recibimientos al autobús, el récord de asistencia en Segunda División ante el Andorra, las remontadas agónicas y la sensación de que toda Galicia empujaba detrás del equipo fueron construyendo una atmósfera casi irrepetible. El Dépor no solo recuperó una categoría. Recuperó su identidad.
Y ahora la Primera División vuelve a abrirle las puertas a uno de los clubes más históricos del fútbol español. No vuelve el Dépor arrogante y poderoso de principios de siglo. Vuelve un club transformado por el sufrimiento, mucho más unido a su cantera, a su ciudad y a su gente. Un club que aprendió que la grandeza no consiste solo en ganar títulos, sino también en sobrevivir cuando todo parece derrumbarse.
Foto de DXT. 


Desde Cuatro Caminos hasta el último rincón de Galicia, el deportivismo vuelve a mirar al futuro con ilusión. El campeón de Liga del año 2000 ha regresado. Y después de todo lo vivido, se ha ganado el derecho a soñar otra vez.

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