Ay, la lírica municipal. Qué bonita es cuando se junta la verborrea de un despacho con las ganas de maquillar una década de desidia. Los vecinos de Os Castros deben de estar frotándose los ojos: resulta que el parque de San Diego ya no envidia nada a Oxford, a la Quinta Avenida de Nueva York o a los pulmones verdes de Vitoria. Todo gracias al enésimo proyecto para revivir la difunta pajarera. Un plan que, tras rascar el envoltorio de la "biodiversidad", huele sospechosamente al mismo fracaso de siempre.
El pecado original: el "bienestar" que trajo la maleza
Para entender el chiste, hay que recordar el origen del drama. En el año 2001, San Diego estrenó una flamante pajarera que llegó a albergar más de 200 aves y se convirtió en un imán para los niños del barrio y los turistas. Pero hace algo más de diez años, la llegada de la Marea de Xulio Ferreiro al Palacio de María Pita impuso su particular dogma animalista: los pájaros en 2015 se mudaron a un centro ornitológico en Lugo bajo la promesa de una "mejor higiene".
| Pajarera del Parque de San Diego. |
¿El resultado real de aquella superioridad moral de despacho? Diez años de abandono absoluto. La pajarera no se convirtió en un santuario liberado; se transformó en una jaula fantasma, un foco de suciedad, ratas y problemas de salubridad que ha traído de cabeza al vecindario. La ideología cerró el recinto, pero nadie en el Concello tuvo la menor idea de qué hacer con el espacio al día siguiente.
Del huerto fallido al "asilvestramiento" de postureo
No es la primera vez que intentan vendernos la moto de la reactivación. De hecho, el propio espacio ya vio nacer (y morir de inanición) una huerta urbana que acabó devorada por la maleza y el olvido colectivo. Tras el fracaso de los tomates y los repollos vecinales, la solución de María Pita en pleno 2026 no es buscar un uso práctico, comercial o cultural potente para Os Castros. No. La solución es volver a convertirlo en algo que ya fracasó.
Ahora nos dicen que «las ciudades se asilvestran». Una forma brillantemente cínica de justificar que van a dejar que crezcan los matorrales, pero llamándolo "apertura a la biodiversidad". Nos prometen:
Un espacio "ajardinado y dinámico" (traducción: plantas que requieran poco mantenimiento).
Un "punto de encuentro y convivencia" (traducción: grupillos de gente que gestionen el lugar hasta que se acaben cansándose como ya pasó hace años).
"Crear conciencia ecológica" (traducción: gastar presupuesto en carteles explicativos).
La paradoja de San Diego: reconvertir una instalación diseñada específicamente para animales en un simple trozo de jardín o en otro huerto urbano, no es innovar; es rendirse y tirar por lo fácil y la salida más recurrida y populista. Es admitir que, tras cargarse un atractivo del barrio por motivos ideológicos, el Concello es incapaz de gestionar nada más complejo que unas macetas.
Mucho Oxford para tan poco beneficio
Dice el refrán que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Por mucho que el Concello cite como referencia los proyectos paisajísticos de Nueva York para vestir el santo, la realidad a pie de calle en Os Castros es muy distinta. Los vecinos se alegran de que por fin se limpie una zona degradada —faltaría más, tras dos lustros de espera—, pero el proyecto tiene toda la pinta de ser otro contenedor vacío de participación ciudadana que acabará abandonado a su suerte en cuanto se apaguen los focos de la inauguración.
Si para eliminar un punto negro de salubridad hay que recurrir a la poesía del "asilvestramiento", es que las ideas en el departamento de Medio Ambiente están tan secas como la antigua huerta urbana. Menos compararse con Manhattan y más mantener los parques limpios.
De la vanguardia al matorral de diseño: las alternativas ambiciosas que María Pita prefiere ignorar en Os Castros
La falta de ambición es, por desgracia, el verdadero denominador común de la gestión urbana en los últimos tiempos. Cuando un gobierno municipal se enfrenta a un espacio singular estropeado por sus propios errores del pasado, la respuesta habitual ya no es innovar, arriesgar o crear un referente que ponga a la ciudad en el mapa. La respuesta es el mínimo esfuerzo vestido de retórica verde: si algo da trabajo, se cierra; si se hereda una estructura vacía, se llena de matorrales y se le llama "biodiversidad".
Sin embargo, la estructura de la antigua pajarera de Os Castros ofrecía el lienzo perfecto para hacer algo verdaderamente grande. Si en lugar de mirar hacia el conformismo se mirase hacia el resto del planeta, descubriríamos que los proyectos de éxito nacen precisamente de la audacia, no de la mediocridad de despacho.
1. El espejo de Loro Parque: un espacio zoológico y educativo del siglo XXI
El argumento animalista para desmantelar la pajarera original se basó en que las condiciones higiénicas de 2015 no eran las adecuadas. En lugar de mejorar la instalación, modernizarla y adaptarla a los estándares del siglo XXI, la solución fue la rendición total.
Ejemplos en el mundo demuestran que la voluntad política y empresarial puede transformar un espacio pequeño en un referente mundial:
El origen humilde: en Tenerife se encuentra Loro Parque, una de las instituciones zoológicas y de conservación más importantes del planeta. Nació en los años 70 de la mano de unos emprendedores alemanes que empezaron, literalmente, con unas pocas jaulas y unos loros en una superficie mínima.
La alternativa para Koruña: San Diego no necesitaba convertirse en un zoo de grandes mamíferos, pero su pajarera podría haberse reconvertido en un micro-santuario de rescate ornitológico de alta tecnología. Un espacio con condiciones bioclimáticas controladas, donde recuperar aves autóctonas o exóticas incautadas, con un fuerte componente educativo para los colegios de la ciudad. Una instalación ética, moderna y ejemplar, en lugar de una jaula vacía devorada por las hiedras e invadida por ratas.
2. Un micro-Proyecto Edén: el bioma cerrado en Os Castros
Si la decisión irrevocable era no volver a albergar fauna, la propia arquitectura de la pajarera —una estructura cerrada y diáfana— era ideal para una revolución botánica y tecnológica que atrajese turismo e inversión.
El Proyecto Edén (Cornualles, Reino Unido): construido en una antigua cantera de arcilla, este complejo es famoso por sus enormes biomas con forma de cúpula geodésica que albergan miles de especies de plantas de diferentes climas del mundo. Es un motor económico y científico brutal para su región.
Adaptar esta idea a la escala de Os Castros era perfectamente viable. En lugar de un huerto urbano tradicional que depende de que cuatro vecinos planten lechugas (un modelo que ya fracasó en la propia zona), con una partida presupuestaria la pajarera se podría haber transformado en un gran bioma a pequeña escala:
Un invernadero tropical o un mariposario interactivo.
Un ecosistema cerrado con control de humedad y temperatura donde cultivar especies exóticas imposibles de ver al aire libre en Galicia, junto a especies de animales tropicales como aves y pájaros.
Un polo de atracción turística y pedagógica durante los meses de invierno, resguardado del clásico temporal atlántico.
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| Biomas de San Diego. |
La trampa de la mediocridad municipal: ¿Por qué nadie arriesga?
La pregunta que se hace cualquier coruñés al ver el folleto del nuevo parque "asilvestrado" es evidente: ¿Por qué nos conformamos con tan poco? La respuesta está en los ciclos políticos y en la comodidad de la gestión.
Crear un micro-Proyecto Edén o un santuario ornitológico moderno exige gestión continua, presupuesto real, mantenimiento diario y visión a largo plazo. Exige arriesgarse a que algo falle. Por el contrario, un jardín de "biodiversidad" (que en la práctica se traduce en plantas silvestres que crecen solas) es la coartada perfecta: es barata de ejecutar, se vende muy bien bajo el paraguas de la "conciencia ecológica" y, si el día de mañana se llena de maleza, siempre se puede decir que la naturaleza está "siguiendo su curso".
Mientras las grandes ciudades compiten por crear hitos arquitectónicos y medioambientales sostenibles pero espectaculares, aquí se prefiere la política del huerto y el matorral. Os Castros merecía una instalación que generase orgullo y actividad económica en el barrio; en su lugar, se tendrá que conformar con un lavado de cara que sabe a muy poco tras diez años de espera.

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